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¿O es que la tristeza es sólo un género narrativo más, de gran éxito, una forma de estar en lo literario, una sed de aventura desgarrada que nos lleva a imitar a los héroes antiguos y a emprender el camino que los dioses consideran, sin serlo, el más conveniente para nosotros, mientras vamos sembrando el mundo de metáforas, elipsis, aliteraciones, grandiosas hipérboles que nos convierten en narradores del best seller de nuestra vida, grasienta, pesada y sobre todo triste, tan triste como el corazón de Dido en llamas, el sueño de Ofelia, la espera de Penélope, la ausencia de Godot, el ansia de Madame Bovary, el desencanto de Humbert Humbert, el desasosiego de Lenz, la locura de todos los que, en forma de papel, lloraron antes que nosotros, y más, y mejor, demostrando con su agonía que las novelas están llenas de protagonistas partidos en dos, que sus dominios son sólo para los que sufren, los que claman al cielo, los que pierden a un hijo, los que caen del caballo, los que desconocen las tramas del placer?

O puede que la literatura no sea triste, pero muchos escritores sí.

Gonzalo Escarpa

Imagen: mosaico del siglo II. Máscaras de tragedia y comedia

Lectura recomendada: cualquiera divertida.

AnoukKruithof (2)

El concepto “más grande, mejor” que desdeñaba Mark Renton en Trainspotting (Elige un televisor grande que te cagas) ha hecho fortuna. Y no sólo teles, también coches, casas, ciudades y órganos sexuales. Todo debe ser grande; hasta los libros. Por eso, parece que ahora se lee “a peso”: me he leído una novela de 700 páginas…de 800…¡hasta de 1.200!

También Borges rechazaba un mundo sobredimensionado: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”. (Prólogo de Ficciones, 1944)

Aprendamos a ser breves, a preferir las cosas pequeñas: lo bueno, si breve, dos veces bueno, como sabía Gracián. No es difícil y, además, se corre menos riesgo de equivocación. Empecemos por borrar los floripondios, las redundancias, busquemos la simpleza en las líneas, como en la arquitectura, sí. Que no imperen las frases cortas, sino las sencillas. Nada menos literario que lo que pretende ser literario. Y del mismo modo, nada menos convincente que la retórica retorcida de los discursos inverosímiles de nuestros políticos.

Es cuando nos hablan claro, cuando escriben concisa y sencillamente, cuando empezamos a comprender. La brevedad es condición de la claridad y ambas exigencias de la convicción.

Más verdades populares: uno vale más por lo que calla que por lo que dice. ¿Vale un escritor más por lo que borra que por lo que deja escrito?

Ester Berdor

Imagen: Anouk Kruithof

Lectura recomendada: Jorge Luis Borges, Ficciones.

Lajos Nagy

Se debe, ésa es la tarea de lo serio. Sentimos casi siempre con palabras y lo que llamamos realidad no es más que un relato. Aprender a sentir es aprender a contarse bien a uno mismo y contar bien a los demás.

Todo verdadero aprendizaje comienza por un desaprendizaje. No sólo se trata de explorar territorios, aunque también: lo imprescindible para iniciarse en esta disciplina es renunciar a los caminos trillados. ¿Cuántos psicólogos y psiquiatras habrán tenido que hacer horas extras para desfacer los entuertos creados por esas letras de canciones, que todos hemos  tarareado, y que se resumen en: “eres mío”, “soy tuya” o “sin ti no soy nada”?

A todos nos troquelan las emociones desde chiquitos, y eso se hace con palabras. Con palabras pues habremos de curarnos: mirando con lupa las que están envenenadas, las que, para conducirnos a la nada, exageran, las que pretenden tener en la barriga demasiado sentido, las abstractas. Para empezar el tratamiento yo pondría a dieta “soledad”, “cobarde”, “miedo”, “envidia”, “celos” o “impotencia”, “todo” y “nada”, y también los posesivos. Además, como siempre hay malos momentos en los que nos vence la tentación de simplificar, deberemos hacer acopio y utilizar con frecuencia esas frases, hay muchas, que nos disuaden cuando nos tienta ponernos autolesivos:

– Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo. Aristóteles.
Minutos después de que alguien me defraude me da un ataque de amnesia y lo borro para siempre. Mi madre.
Los que están no estorban, los que no están no hacen falta. Esto lo decía un anacoreta al que conocí en una playa del Pacífico, mereció la pena ir hasta allí sólo para oír eso.
– ¿Y mi sensibilidad qué? Lo dice un amigo cuando intuye que corres el riesgo de herirlo.

Todas ellas son fórmulas breves, útiles y portátiles. ¿Se podrá aprender a ser breve y convincente?

Marta Sanuy

Imagen: Lajos Nagy

Lectura recomendada: John E. Nelson, Más allá de la dualidad (integrando el espíritu en nuestra comprensión de la enfermedad mental)

Rothko

Se puede aprender a leer. Y a vivir. Y a contarlo. La literatura es una gramática, una forma de expresión, es decir, un sistema, y como tal posee reglas concretas que pueden estudiarse, comprenderse, hasta que se integran de forma tal que se confunden con nuestra propia gramática, nuestra forma de expresión, nuestro sistema.

Por otro lado, como decía Macedonio Fernández, “existen máquinas de rimar, pero no existen máquinas de poetizar”. Es decir: hay una fase de la escritura para la que no existe fórmula alguna; un abismo en el que sólo sabremos cómo manejarnos después de enfrentarnos a él y atravesarlo.

Le toca a Pessoa: “obedezca a la gramática quien no sabe pensar lo que siente”. Sentir. Pensar.

¿Se puede aprender a sentir?

Gonzalo Escarpa

Imagen: Mark Rothko, No. 8

Lectura recomendada: Octavio Paz, El arco y la lira

Breakthrough

Roquentin decía en “La náusea” (Sartre, 1938) que “para que cualquier suceso se convierta en una gran aventura, basta y es también suficiente que alguien se ponga a contarlo”. Es cierto que cualquier hecho puede dar pie a la épica: una monja que no da propina, el anuncio de un periódico, la lluvia en un día de sol, una conversación ajena, el ruido de un pedo, la dentadura de un abuelo que flota en un vaso de agua. Es más, los detalles pueden convertirse en el mejor condimento de un texto, pues lo dotan de verosimilitud. Sin embargo, Roquentin no afinó suficiente. No basta con que cualquiera se ponga a contarlo, se necesitan ciertas habilidades para desgranar una anécdota del torrente de acontecimientos cotidianos y, después, saber contarla. El escritor es un espectador de la realidad, extrae la excepcionalidad del hecho vulgar, mira a través del prisma de la comprensión para vestirse con cualquier atuendo. Tiene la maestría del mirar.

Éstas son habilidades que se han de trabajar, y aunque se pueden y deben aprender, hay que invertir el tiempo necesario en entrenar la observación antes de empezar a contar.

Ester Berdor

Imagen: Sally Gall, Breakthrough.

Lectura recomendada: Sartre, La náusea.

AnatolKnotek2

“La literatura es la Tierra prometida en donde el lenguaje llega a ser lo que realmente debería ser”dice Italo Calvino en un libro visionario, Seis propuestas para el próximo milenio. Pero todos sabemos que nuestro paciente no atraviesa una buena época ni visita con frecuencia esa tierra prometida.

“A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilencial azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, en el uso de la palabra: una peste del lenguaje que se manifiesta como una pérdida cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a  nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con las nuevas circunstancias”, sigue diciendo. Y estoy en todo de acuerdo con él, pero, ¿por dónde empezamos la terapia?

Yo propondría que por la higiene. Porque supongamos que al cocinar no limpiamos la tierra de las zanahorias, ni quitamos las piedrecitas de las lentejas (era hermoso limpiar lentejas en grupo, ya no pasa), ni las peladuras de las patatas, ni  las de los ajos, y que dejamos la tripa al pescado. Si no limpiásemos la materia prima no habríamos empezado siquiera el trabajo. Lo mismo viene a suceder con el lenguaje. Cuando no lo hemos limpiado, pelado, cortado, alcanzado en las capas más profundas el significado de cada palabra, ni siquiera hemos empezado a escribir. De ahí proviene el malestar que nos producen tantos textos que no son sino repetición tosca y aproximada, mezcla tóxica de eufemismos y lugares comunes: tropezones de nueces con cáscara y patatas sin pelar.

Esta utilización torcida de la palabra ha producido otro gran inconveniente:  no sé si por pereza o por desconocimiento son muchos los que no paran de escribir pizzas precocinadas.

Marta Sanuy

Imagen: Anatol Knotek

Lectura recomendada: Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio.

 

Probablemente cada uno de nosotros tiene una idea diferente de lo que significa el concepto “música”. Puede que incluso tengamos ideas muy distintas sobre absolutamente todo, ya que, como sabemos hace mucho tiempo, la “realidad” no existe. Existen, como mucho, miles de ojos de moscas aturdidas que desean saber, y comprender qué es lo que nos rodea. El caso es que, en algunas ocasiones, un emisor cualquiera decide que algo de lo que está en ese momento observando es “poético”. ¡Cuidado! Es muy probable que esté utilizando este término como sinónimo de “bonito”, tal como últimamente se utiliza “surrealista” para decir “muy raro”. Y, sin embargo, la poesía no siempre es bella, hermosa o dulce. Hay poemas despiadados, crueles, ambiguos, retorcidos, agónicos, letales.

“Poético es el lenguaje que oscila entre el sonido y el sentido”, según Paul Valéry. Si seguimos esta definición, podemos considerar poético todo acontecimiento que se escape a nuestro anhelo de sentido, que escamotee a la realidad una porción de música, que repte entre dos mundos, entre dos desconocimientos; todo lo que nos sumerge en el extrañamiento, anulando nuestra necesidad de comprensión, y nos hace bailar.

La vida, en sí, es poética. O debería serlo.

Gonzalo Escarpa

Imagen: The marks we make, Robert Parkeharrison

Lectura recomendada: Bartolomé Ferrando, Arte y cotidianidad. Hacia la transformación de la vida en arte

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