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No siempre. Según García Márquez, “lo ideal sería que la poesía fuera cada vez más informativa, y el periodismo cada vez más poético”. Tal vez lo que sucede es que se trata de una pregunta capciosa, pues la literatura ha pasado a ser sinónimo de ‘ficción’, y ése es un concepto demasiado estrecho. El periodismo debería ser también una fábrica de ficciones, aceptando que aprehender la realidad es un proceso muy subjetivo, casi “irreal”.  El periodista acaba siendo víctima de su propia imagen cinematográfica. Basta, en principio, con acercarse a los hechos. Pero sufrimos actualmente un empobrecimiento lingüístico de la ‘noticia’, lo que beneficia sin duda a las estructuras económicas del poder. Un lector mecánico, que consume un periodismo vacío, es un lector perdido, que genera lecturas perdidas.

A la ficción se le exige mayor coherencia o verosimilitud que a la realidad. Los mundos posibles, para ser creíbles, tienen que estar temporal y espacialmente ordenados. La ficción es, antes que cualquier otra cosa, reorganización.

Libro recomendado: Elogiemos ahora a los hombres famosos, James Agee (fotos de Walker Evans). Backlist, 2008.
Imagen: Truck and sign, 1930. Walker Evans

Marta Sanuy y Gonzalo Escarpa

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Volvemos

Tras varios meses desarticulados, escueladeescritura.com vuelve con muchas novedades. Dentro de poco anunciaremos nuestra nueva página web; hemos reformado nuestro espacio en Facebook; estamos preparando una emisora online de radio; en Semana Santa ofreceremos un taller literario presencial en Almuñécar, Granada; y volvemos a articular semanalmente, contando además con firmas invitadas. Más espacio y más tiempo para la creación.

Me lo pregunta Marta Sanuy instantes después de entrevistarla. Ella ha explicado por qué permanece callada. No escribe. Contraataca. Me interroga: ¿por qué escribir?

Dudo. No lo sé bien. “No creo que se trate de una decisión. Escribir es  vivir dos veces lo vivido. O tres. Multiplicar los ecos de lo que pasa. Para Yourcenar, escribir es ponerse en la tesitura de escribir. Ver qué pasa. Escribir por si resulta que escribir es posible.”

Entra en el diálogo Paloma Pájaro. “Como decía el fraile, el conocimiento que no se transmite es cosa que no sirve para nada.” Estamos ante la viejísima polémica. Literatura, ¿conocimiento o comunicación?

Marta Sanuy y Gonzalo Escarpa

Imagen: http://www.educared.org.ar

Marta Sanuy asegura: “Jamás perpetré un poema”. Y está contenta de no haberlo hecho. “Eso”, dice, “me otorga cierta autoridad ante los malos poetas.” A mí me asombra esta conducta ágrafa -más aún en este periodo narrativo bulímico- en alquien que, además, sabe saborear un buen verso, ha leído a los grandes y se deja mecer por los auténticos. No escribir. “¿No escribir, para ti, qué significa?”, le detono a la Sanuy. “Proporciona ventajas a la hora de leer. Yo me siento lectora, no escritora. Y no porque no escriba. Más bien porque ceñirme a la necesidad de la continuidad de la escritura me parece ortopédico. Debería escribirse sólo cuando se tenga, realmente, algo que decir, o algo que escribir. A mí si alguien me dice que está escribiendo una novela me vienen los escalofríos. ¿Qué significa eso exactamente?”.

Marta Sanuy, zaragozana, lectoescritora, cabal y cabalística, no entiende cuando sus amigos le piden que asuma su responsabilidad y rompa, de una vez, a escribir. “La literatura es una herramienta política. Pero sólo cuando convierte a los individuos en individuos. Y eso es muy difícil. Pobre de la literatura si yo tuviera las palabras”. La última frase es de su amigo René. “Yo ya cuento lo que tengo que contar. Contar lo que se ve”. Ése, dicen, es el mal del aragonés. “Hay que contar únicamente la parte excepcional. Es preciso aquilatar lo que se ve. Escribir es un estado de atención. Y no es necesario llegar exactamente a él. Se puede estar cociendo ideas toda la vida”.

Así sigue la Sanuy, cociendo ideas. Qué suerte. Buen provecho.

Marta Sanuy y Gonzalo Escarpa

Imagen: http://www.wunderman.com

 

Cuando era joven, y las bibliotecas tenían una lámpara en cada mesa, era excitante salir de allí después de muchas horas y desembarcar en el planeta tierra transportada por el vehículo más veloz de todos los conocidos: el cono de luz sobre un libro. A la salida me extrañaba, primero, que la nave me hubiese dejado otra vez en el mismo sitio, enfrente de aquel bingo, y en el mismo tiempo. Luego ya me extrañaba todo, hasta que fuera invierno o verano.

Todos sabemos que no se lee sólo con los ojos, que se lee con todo el cuerpo, y no sólo eso, que se lee incorporando el espacio que nos rodea mientras leemos, como si al escatimarle la atención el lugar nos impregnara con sus detalles en otro registro.

Mi biblioteca platónica es la José Sinués. No era una biblioteca de incunables y madera, no tenía el tufo de sarcófago sagrado que tienen las grandes bibliotecas, las que salen en las películas, pero contaba con alguien que compensaba todas las deficiencias iconográficas; aquella bibliotecaria, vestida con una bata blanca, que era una experta enfermera de lectores: encontraba lo que le pedías, bajaba las persianas, encendía las lámparas y supervisaba  el silencio.

No sabía describir qué me ocurría en las modernas bibliotecas, ignoraba por qué nunca he conseguido permanecer sentada en alguna de las muchas tumbonas maravillosas que arriman a un ventanal más de cinco minutos, pero después de leer Biblioclasmo de Fernando R. de la Flor, he dejado de sentir esa inquietud como una deficiencia; algo produce escalofríos eléctricos en estas bibliotecas de ahora, todos lo sabemos, ya no son un espacio sagrado o un túnel del tiempo, se parecen a todos los edificios civiles, estaciones, centros de salud y aeropuertos, y provocan prisa.

Hay que tener cuidado al elegir dónde leemos: la memoria de los libros suele llegar acompañada por la luz del lugar en el que los leímos.

Marta Sanuy

Imagen: Job Koelewijn

Probablemente, el menos libre de todos los versos sea el verso libre.

Es evidente que la métrica inunda de constricciones y reglas el poema. Pero también dispara la capacidad de relación del lenguaje, multiplicando la fuerza simbólica de las isotopías o relaciones entre los campos semánticos que surgen en el texto poético.

Como en el ala el infinito vuelo,
como en la flor está la esencia errante,
lo mismo que en la llama el caminante
fulgor, y en el azul el solo cielo;

como en la melodía está el consuelo,
y el frescor en el chorro, penetrante,
y la riqueza noble en el diamante,
así en mi carne está el total anhelo.

En ti, soneto, forma, esta ansia pura
copia, como en un agua remansada,
todas sus inmortales maravillas.

La claridad sin fin de su hermosura
es, cual cielo de fuente, ilimitada
en la limitación de tus orillas.

En este inflamado soneto, Juan Ramón Jiménez nos habla de esa supuesta “limitación” de las normas métricas, que en realidad no es más que un inmenso espacio de posibilidades abierto entre las dos orillas del poema.

Si el soneto nos ofrece una estructura, un patrón acentual y rítmico y una rima determinadas, muy determinadas, aún es más cierto que el verso libre nos obliga a escoger los mismos elementos para todos y cada uno de los versos que lo forman. ¿Es eso libertad? Que venga Dante y lo vea.

Per aspera ad astra: como sabía el grupo Oulipo, no hay mejor fuente de inspiración que unas buenas restricciones, que sometan y domen las ideas poéticas, para que éstas no se nos despendolen.

Gonzalo Escarpa
Imagen: Chema Madoz

Los libros malos son un veneno intelectual que destruye el espíritu. Y dado que la mayoría de las personas, en lugar de leer lo que se ha producido en las mejores épocas, se reduce a leer las últimas novedades, los escritores se inscriben al círculo estrecho de las ideas en circulación, y el público se hunde cada vez más en su propio fango.

Schopenhauer

No parece sino que el propio filósofo de Danzig, muerto hace ciento cincuenta años, hubiese hecho una excursión de siglo y medio hacia los tiempos corrientes y, vislumbrado el envilecimiento intelectual que nos circunda, hubiese estampado el citado apotegma.

Como tengo ninguna esperanza en que los medios de comunicación, la educación que se estila o siquiera comandos justicieros, ejecuten alguna acción en pro de la literatura de verdad: aquella que se distingue por su originalidad, por la excelsitud de su lenguaje, por sus cualidades de invención y descubrimiento, por su capacidad de suscitar ideas nuevas y aun revolucionarias, por su poder evocador y emocional, que puede hasta trastocar la vida de sus lectores y que, por mera estadística, no está al alcance de cualquiera que se proponga escribir un libro, me he juramentado para que de mi boca o pluma no salgan nunca voces o signos que consideren la existencia de una escritura que no sea portadora de excelencias.

Sépanlo, pues, quienes, basados en su condición de tertuliano, mayordomo, título nobiliario, famoso, prostituta, o coime; o bien, en virtud de su carrera bancaria, televisiva, deportiva, doméstica, periodística, universitaria o inexistente y quienes, aprovechando el tiempo que sus escasas labores les dejan, perpetran obras que pretenden adscribirse a lo literario y no aportan sino alfabeto en aluvión, batiburrillo de anacolutos, léxico de adolescente-LOE, tedio, burricie y vaniloquia, que ningún eco va a encontrar su menorragia verbal en quien suscribe.

Y no se hagan la ilusión de que me refiero tan sólo a quienes se han acercado a la novela histórica con menores conocimientos sobre el asunto de los que alberga don Alfredo Di Stéfano o los que han hozado en el ocultismo provistos de la pericia con la que nuestro presidente trata la economía o quienes escriben tratados de autoayuda y son incapaces de ayudarse a sí mismos a no pronunciar tonterías sino también a los poetas chirles, aguacates y vocingleros, a los abanderados de una modernidad que va a cumplir ciento veinticinco años y de la que aún no han recibido noticia, a los que escriben morralla pseudo-contemporánea, a menudo adobada de perversa música, para el teatro y, aún más, a quienes reinventan “Hamlet”, “Carmen”, “Medea” o “La vida es sueño”. Inclúyase asimismo la caterva de ñoños que disimulan su inepcia estilística o imaginativa expeliendo flema a la que califican de literatura infantil o juvenil. En el mismo saco andan los autores de intriga, espionaje, ciencia-ficción o novela rosa.

Y, para que conste, así lo estampo. En Zaragoza a 29 de noviembre de 2010.

Javier Barreiro

Imagen: Mar Arza

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