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Posts Tagged ‘Autoría’

Me lo pregunta Marta Sanuy instantes después de entrevistarla. Ella ha explicado por qué permanece callada. No escribe. Contraataca. Me interroga: ¿por qué escribir?

Dudo. No lo sé bien. “No creo que se trate de una decisión. Escribir es  vivir dos veces lo vivido. O tres. Multiplicar los ecos de lo que pasa. Para Yourcenar, escribir es ponerse en la tesitura de escribir. Ver qué pasa. Escribir por si resulta que escribir es posible.”

Entra en el diálogo Paloma Pájaro. “Como decía el fraile, el conocimiento que no se transmite es cosa que no sirve para nada.” Estamos ante la viejísima polémica. Literatura, ¿conocimiento o comunicación?

Marta Sanuy y Gonzalo Escarpa

Imagen: http://www.educared.org.ar

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Charles Dickens, en una nota que tengo ante mí y en la que alude al análisis que en cierta ocasión realicé sobre el mecanismo de “Barnaby Rudge”, dice: ‘¿A propósito, se ha dado cuenta de que Godwin escribió su “Caleb Williams” de atrás hacía delante? Primeramente enredó a su protagonista en una maraña de dificultades, que forman el segundo tomo, y después, para completar el primero, le lanzó a la búsqueda de cuanto pudiera servir de explicación a lo que había hecho’.

 

Escribe Edgar Allan Poe. Y aunque Poe no está del todo de acuerdo con Dickens, es un apasionado de los galimatías teóricos y se pone a calibrar las ventajas derivadas de escribir al revés:

Hay un error de raíz, pienso yo, en la manera en que habitualmente se estructura un relato. O bien la historia aporta una tesis -o ésta viene sugerida por algún incidente circunstancial-, o todo lo más el autor se aplica en combinar acontecimientos sorprendentes con el único fin de proporcionar una base a su narración, generalmente en la esperanza de que mediante descripciones, diálogos y comentarios personales podrá llenar todos los intersticios que de los hechos o la acción, página tras página, se ponen de manifiesto (…)

 

Mormotea.

El autor echa de menos los caminos de ida y vuelta, tiene interés por verle la tramoya a las obras de otros:

A menudo pienso lo interesante que podría ser leer un artículo en donde un autor describiera -es decir, si pudiera- paso a paso y detalladamente el proceso mediante el cual alguna de sus obras vio el acabado final. El por qué semejante artículo nunca se ha escrito es algo que escapa a mi entendimiento, auque es posible que dicha omisión tenga que ver más con la vanidad de los autores que con ninguna otra causa. La mayoría de los escritores -y, sobre todo, los poetas- prefiere dar a entender que compone en una especie de delicioso frenesí -o intuición extática- y en verdad se echarían a temblar si se dejase al lector escudriñar entre bastidores, quedando al descubierto la elaboración, las vacilaciones del pensamiento en bruto, los verdaderos propósitos logrados tan solo en el último instante (…)

 

Soy consciente, por otro lado, de que no suele darse el caso de un escritor que se halle en condiciones de volver sobre sus pasos para mostrar cómo llegó a sus conclusiones. En general las ideas acuden al espíritu de forma atropellada, y de igual modo se las persigue y son olvidadas.

 

Poe debía ser terco y amigo de retos. Pese a las dificultades del proyecto, en “La filosofía de la Composición” nos explica, sin dejar resquicios, cómo escribió el poema “El cuervo”. Con este libro abre otra brecha literaria, su especialidad era inaugurar géneros.  Después de él han sido muchos los autores que nos han dejado escudriñar entre sus bastidores.

Marta Sanuy

Lecturas recomendadas: La filosofía de la Composición. El principio Poético. Edgar Allan Poe. Editorial Langre

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Ése es el título con el que responde Marcel Bénabou a otro, “Cómo escribí algunos libros míos”, de Raymond Roussel.

En “Cómo escribí algunos libros míos” Roussel hace algo que pocas veces hacen los escritores: mostrar la cocina, enseñar la tramoya de sus textos, y lo que muestra es excepcional: nos enseña cómo aplica fórmulas matemáticas a campos semánticos para poner en marcha máquinas narrativas. El mecanismo por sí mismo no tiene que ser considerado como arte, pero los resultados, Impresiones de África o Locus Solus, lo son, sin duda.

A Roussel lo reivindican los surrealistas y los oulipianos, según Marcel Bénabou por motivos diferentes:

La diferencia es sobre todo teórica: el automatismo es exactamente lo opuesto de lo que busca el OULIPO. A veces surge un cierto malentendido porque con reglas muy estrictas, se puede llegar al mismo resultado que determinados ejercicios surrealistas. En ninguno de los dos casos preexiste la voluntad de significar, es cierto; de ahí, el carácter “surrealista” de algunos textos oulipianos (en el sentido corriente de la palabra “surrealista”). Pero las investigaciones oulipianas aventajan en mil cuerpos al surrealismo porque se ocupan de todos los aspectos de la creación literaria (…)

Los surrealistas idolatraban a Roussel, pero era por razones bastante equivocadas. Lo que seduce al OULIPO de Roussel es el rigor, el rigor con el que pasa de la arbitrariedad del punto de partida a la absoluta lógica del punto de llegada.

“Por qué no escribí ninguno de mis libros” es una respuesta a Raymond Roussel de Marcel Bénabou. Ahí van algunos fragmentos:

Como era previsible, busqué mis yacimientos principales por el lado de la literatura llamada personal. Pero el placer que experimentaba leyendo los diarios, las memorias o la correspondencia epistolar de los grandes escritores no solía durar demasiado. Al principio, me tranquilizó hallar, en todos aquellos que habían conseguido dejar una obra, rastros de dudas, de insatisfacciones, de momentos de auténtica desesperación, que me los hacían fraternales. Pero después este sentimiento se desvaneció. Si hasta ellos, me decía, han sufrido tanto, ¿qué te pasará a ti? Con mis grandes modelos sólo tenía, en suma, dos puntos en común: las dudas antes de la escritura, la incertidumbre después. Pero lo que había entre una cosa y la otra seguía fuera de mi alcance

De todos los hechos oscuros, o en cualquier caso mal aclarados, de mi pasado, el más sorprendente para mí todavía sigue siendo éste: ¿por qué creí un día que tenía que escribir? Una pregunta sencilla, obvia en apariencia, pero he necesitado mucho tiempo para sentir la necesidad de planteármela. Sólo tras una primera y larga serie de intentos abortados apareció la duda sobre la legitimidad de mi vocación, y se me ocurrió interrogarme sobre los orígenes de lo que, hasta entonces, había considerado una determinación independiente de mi voluntad. Pero, una vez surgida, esta interrogación ya no desapareció jamás; en determinadas épocas, lo esencial de mi quehacer consistió en darle respuesta.

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi inaptitud para la escritura me descubriría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han repetido que Sísifo se pasaba el día haciendo músculos!

Marta Sanuy

La imagen es de Vito Acconci

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RomualdHazoume5

Si esta historia no es nada, dicen los cuentistas en África, pertenece al que la ha contado; si es algo, pertenece a todos.

Theodor Adorno

Notas sobre literatura

La imagen es de Romuald Hazoume

 

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