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Posts Tagged ‘Lezama Lima’

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¿De qué hablaban María Zambrano y Lezama Lima?

Ésa es una de mis preguntas preferidas, cada tanto tiempo intento imaginar qué se decían esos dos.

Doña María decía:

Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas.

Mas las palabras dicen algo. ¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué? ¿Para qué y para quién?

Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, en el silencio de las vidas, y que no puede decirse. “Hay cosas que no pueden decirse”, y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tiene que escribir.

Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor.

El que escribe, mientras lo hace necesita acallar sus pasiones, y, sobre todo, su vanidad. La vanidad es una hinchazón de algo que no ha logrado ser y se hincha para recubrir su interior vacío.

Lo que se publica es para que algo, para que alguien, uno o muchos, al saberlo, vivan sabiéndolo, para que vivan de otro modo después de haberlo sabido, para librar a alguien de la cárcel de la mentira, o de las nieblas del tedio, que es la mentira vital.

Del artículo Por qué se escribe, Revista de Occidente, junio de 1934.

Marta Sanuy

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Emergency Alfredo Jaar

La hiperestesia también produce caracteres quietos y para ser un buen escritor no es imprescindible viajar y tener muchas experiencias, aunque nunca sobren: Lezama Lima no se movió de su isla, ni Flaubert de Ruán, ni Poe de su cabaña; fueron  escasos los traslados de Kafka y Bruno Shultz no salió apenas de Drohobycz.

Al tópico del valor de la experiencia lo suele sustituir el de la potencia de la imaginación; pero cuando alguien te dice que se puede viajar desde una habitación desconfía: no quiere más que consolarte, y tampoco ha entendido nada.

Bruno Shultz no se movió apenas de Drohobycz porque desde allí él veía bien el microcosmos, la quietud le permitió describir el vértigo de lo minúsculo sin aturdirse, y hasta le dejó tiempo para ahuecarlo con su  levadura verbal.  Siempre fue, en su ciudad natal, uno de esos hiperestésicos sedentarios que vagan, confundidos, entre los muchos sedentarios que creen ser hiperestésicos.

Lo que se expande sin remedio suele ser apenas visible. El quid  para verlo es estar en algo, seguir contando, quizá, disfrutar de estar atento.

Pero, ¿se puede escribir quedándose quieto?

Marta Sanuy

Imagen de Alfredo Jaar

Lecturas recomendadas:

Madurar hacia la Infancia, Bruno Schultz. Editorial Siruela

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UgoRondinone

La cantidad novelable podría ser la ventana de enfrente, iluminadísima, la única sin cortinas y con la persiana hasta arriba de las que dan a la plaza, un rectángulo que lanza gestos, cenas, nadas o abrazos, no sólo de sus habitantes; una pareja que desde aquí y con la miopía parece joven, o delgada, sino de los que los visitan y que también nos miran, acodados en el dintel, desde un perplejo, diría Lezama. Sin sospechar que son mirados.

La cantidad novelable, decía Lezama, y tengo la certeza de que el cubano se refería a lo mismo que Musil cuando llamaba a sus novelas ensayos de escenas vivas, sucede cuando todos ellos se quedan fuera del rectángulo que polariza la agora. Entonces la pared, tan amarilla, tan desnuda, tan recta como la de aquella tiza que trastornaba el tiempo en Paradiso, hace que se encojan las otras luces, haya más silencio y las doscientas conversaciones de esta plaza suenen más batidas.

La cantidad novelable es la que cabe en la distancia desde esta ventana a la otra, una cantidad de imagen que chisporrotea.

La Imago exige miradas que recojan su refracción, diría Lezama:

Mi hermana ayer vino a verme y como es hiperestésica se sobresaltó enseguida.

-¿Quién vive enfrente? ¡Sin cortinas!¡Con esa luz!

Y trató de disimular, pero interrumpió la conversación muchas veces con el rabillo del ojo.

 

El rabillo del ojo es el lugar en que se anota, dicen Las mil y una noches.

 

Marta Sanuy

[y la imagen es de Ugo Rondinone]

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