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Posts Tagged ‘Narrativa’

AnatolKnotek2

“La literatura es la Tierra prometida en donde el lenguaje llega a ser lo que realmente debería ser”dice Italo Calvino en un libro visionario, Seis propuestas para el próximo milenio. Pero todos sabemos que nuestro paciente no atraviesa una buena época ni visita con frecuencia esa tierra prometida.

“A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilencial azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, en el uso de la palabra: una peste del lenguaje que se manifiesta como una pérdida cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a  nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con las nuevas circunstancias”, sigue diciendo. Y estoy en todo de acuerdo con él, pero, ¿por dónde empezamos la terapia?

Yo propondría que por la higiene. Porque supongamos que al cocinar no limpiamos la tierra de las zanahorias, ni quitamos las piedrecitas de las lentejas (era hermoso limpiar lentejas en grupo, ya no pasa), ni las peladuras de las patatas, ni  las de los ajos, y que dejamos la tripa al pescado. Si no limpiásemos la materia prima no habríamos empezado siquiera el trabajo. Lo mismo viene a suceder con el lenguaje. Cuando no lo hemos limpiado, pelado, cortado, alcanzado en las capas más profundas el significado de cada palabra, ni siquiera hemos empezado a escribir. De ahí proviene el malestar que nos producen tantos textos que no son sino repetición tosca y aproximada, mezcla tóxica de eufemismos y lugares comunes: tropezones de nueces con cáscara y patatas sin pelar.

Esta utilización torcida de la palabra ha producido otro gran inconveniente:  no sé si por pereza o por desconocimiento son muchos los que no paran de escribir pizzas precocinadas.

Marta Sanuy

Imagen: Anatol Knotek

Lectura recomendada: Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio.

 

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En la novela La Eva Futura, Villiers de L´Isle Adam hace que su protagonista se enamore de una mujer bellísima, pero con la que es imposible mantener una conversación: es rematadamente tonta. Lord Ewald, así se llama el personaje, le cuenta sus penas amorosas a su amigo, el inventor Thomas Alva Edison, que le propone fabricar una igualita, pero buena conversadora e inteligente. El incrédulo enamorado le pregunta entonces:

-¿Desde cuándo Dios concede la palabra a las máquinas?

-Desde que ve el pésimo uso que hacéis de ella, responde el inventor.

Marta Sanuy

Lecturas recomendadas: Villiers de L´Isle Adam, La Eva Futura.

Imagen: Leonor Fini

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Me contaba en Ammán Armas Marcelo, opíparo, la reflexión que hacía ya no sé qué escritor sobre el intríngulis del hecho literario.

La narrativa ha de contar, ineludiblemente, con elementos propios, sustanciales, constitutivos de su poder de persuasión. Debía ser el autor de esta idea del siglo XIX, pues para él la materia narrativa estaba hecha de religión, aristocracia, sexo e incógnita. Con estas herramientas, se decía, el éxito es seguro. Nada más fácil, pues, como demostró luego aplicando todas las reglas a la minificción:

“-¡Oh, Dios mío! –dijo la condesa-. Estoy embarazada y no sé de quién”.

Gonzalo Escarpa

Imagen: El café o la cupletista y los chulos. Grabado de Ricardo Baroja


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Charles Dickens, en una nota que tengo ante mí y en la que alude al análisis que en cierta ocasión realicé sobre el mecanismo de “Barnaby Rudge”, dice: ‘¿A propósito, se ha dado cuenta de que Godwin escribió su “Caleb Williams” de atrás hacía delante? Primeramente enredó a su protagonista en una maraña de dificultades, que forman el segundo tomo, y después, para completar el primero, le lanzó a la búsqueda de cuanto pudiera servir de explicación a lo que había hecho’.

 

Escribe Edgar Allan Poe. Y aunque Poe no está del todo de acuerdo con Dickens, es un apasionado de los galimatías teóricos y se pone a calibrar las ventajas derivadas de escribir al revés:

Hay un error de raíz, pienso yo, en la manera en que habitualmente se estructura un relato. O bien la historia aporta una tesis -o ésta viene sugerida por algún incidente circunstancial-, o todo lo más el autor se aplica en combinar acontecimientos sorprendentes con el único fin de proporcionar una base a su narración, generalmente en la esperanza de que mediante descripciones, diálogos y comentarios personales podrá llenar todos los intersticios que de los hechos o la acción, página tras página, se ponen de manifiesto (…)

 

Mormotea.

El autor echa de menos los caminos de ida y vuelta, tiene interés por verle la tramoya a las obras de otros:

A menudo pienso lo interesante que podría ser leer un artículo en donde un autor describiera -es decir, si pudiera- paso a paso y detalladamente el proceso mediante el cual alguna de sus obras vio el acabado final. El por qué semejante artículo nunca se ha escrito es algo que escapa a mi entendimiento, auque es posible que dicha omisión tenga que ver más con la vanidad de los autores que con ninguna otra causa. La mayoría de los escritores -y, sobre todo, los poetas- prefiere dar a entender que compone en una especie de delicioso frenesí -o intuición extática- y en verdad se echarían a temblar si se dejase al lector escudriñar entre bastidores, quedando al descubierto la elaboración, las vacilaciones del pensamiento en bruto, los verdaderos propósitos logrados tan solo en el último instante (…)

 

Soy consciente, por otro lado, de que no suele darse el caso de un escritor que se halle en condiciones de volver sobre sus pasos para mostrar cómo llegó a sus conclusiones. En general las ideas acuden al espíritu de forma atropellada, y de igual modo se las persigue y son olvidadas.

 

Poe debía ser terco y amigo de retos. Pese a las dificultades del proyecto, en “La filosofía de la Composición” nos explica, sin dejar resquicios, cómo escribió el poema “El cuervo”. Con este libro abre otra brecha literaria, su especialidad era inaugurar géneros.  Después de él han sido muchos los autores que nos han dejado escudriñar entre sus bastidores.

Marta Sanuy

Lecturas recomendadas: La filosofía de la Composición. El principio Poético. Edgar Allan Poe. Editorial Langre

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Meske Mienne, joven escritor javanés, colaboraba con el diario más humilde de su humilde ciudad desde hacía dos años. Como Meske se sentía escritor, no podía evitar incorporar en sus crónicas –después de días y días refiriéndose a la recolección de la caña de azúcar o al anodino censo de las numerosas especies autóctonas- detalles no del todo verídicos, barnizados con el tufillo de su imaginación, lo que le valía el enfado del bigotudo director, que amenazaba siempre con despedirlo para después aceptar que no podía permitirse prescindir de un redactor en un diario tan pequeño de una ciudad tan pequeña.

Una noche Meske incluyó en la sección de sucesos del diario la noticia de que un enorme dragón amarillo, dotado de seis alas afiladas, llegaría a la ciudad y llenaría sus calles de fuego, asolando las tierras y haciendo hervir a la reducida población.

El bigote del director comenzó a temblar cuando al día siguiente se encontró con la noticia publicada en la segunda página del periódico, así que Meske fue finalmente despedido. Parsimoniosamente recogió sus escasas pertenencias y se enfrentó a la calle, vacía a aquellas horas tan tempranas. Para Meske no sería sencillo encontrar algún otro trabajo, así que echó a andar por el camino de tierra con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el horizonte, súbitamente iluminado por el brillo vibrante de seis alas doradas.

Gonzalo Escarpa

Lectura recomendada: El cuarteto de Buru, Pramoedya Ananta Toer. Ed. Destino.

Imagen:  campos de arroz en Mengwi

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Que su lector no lo crea. Porque el trabajo de un narrador es, precisamente, interrumpir la incredulidad del lector:

Si el espectador o el lector recuperan su incredulidad antes del final de la obra, ésta ha fracasado.

Dice el erudito Bioy Casares recordando a Colerigde.

A la ficción se le exige mayor coherencia o verosimilitud que a la realidad. Los mundos posibles, para ser creíbles, tienen que estar temporal y espacialmente ordenados; la ficción es, antes que cualquier otra cosa, reorganización.

El narrador tiene la función notarial, autentificadora de los actos del habla; lo que dicen sus personajes puede ser erróneo o directamente falso, pero el escritor y su representante en el texto, el narrador, no pueden permitir que el lector los cuestione. Con la literatura somos más exigentes que con la vida real, queremos más coherencia o bregamos de otra manera con lo improbable.

“Lo imposible verosímil es preferible a lo posible pero no convincente”

Dijo Aristóteles.

Para U. Eco el juego de la ficción exige del Lector-Modelo que no se plantee dudas sobre la verdad o falsedad de lo que el narrador le cuenta: en caso contrario, el mecanismo de la interpretación se bloquea y la vivencia de la ficción no llega producirse.

Fue Kant quien dijo que “hacer como si” era una condición necesaria para entender. Luego Paul Ricoeur retoma la idea y la convierte en el centro de sus teorías :

El mundo del texto no es un dato empírico, sino que, en cuanto producto de la imaginación se inscribe en el ámbito de lo posible; se trata de un mundo regido por la lógica del “como si”.

Con el hagamos como si, una propuesta de lógica interna, el narrador construye los puentes entre los universos de ficción y los lectores. Luego la orilla del mundo representado, del mundo posible, se aleja o acerca de la del mundo real, pero ése es otro tema, y es que desde esta pregunta se pueden disparar otras y en muchas direcciones:

¿La realidad es también una construcción mental?

¿Por qué los seres humanos están necesitados de ficciones aun sabiendo que son pura simulación?

¿Cómo se influyen el mundo real y los mundos posibles?

Marta Sanuy

Lecturas recomendadas:

– Bioy Casares Bioy Casares a la hora de escribir, Editorial Tusquets.

-Paul Ricoeur Tiempo y narración, Edit Cristiandad

-Umberto Eco, Tratado de Semiótica General, Lumen.


Imagen: William Kentridge

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Ése es el título con el que responde Marcel Bénabou a otro, “Cómo escribí algunos libros míos”, de Raymond Roussel.

En “Cómo escribí algunos libros míos” Roussel hace algo que pocas veces hacen los escritores: mostrar la cocina, enseñar la tramoya de sus textos, y lo que muestra es excepcional: nos enseña cómo aplica fórmulas matemáticas a campos semánticos para poner en marcha máquinas narrativas. El mecanismo por sí mismo no tiene que ser considerado como arte, pero los resultados, Impresiones de África o Locus Solus, lo son, sin duda.

A Roussel lo reivindican los surrealistas y los oulipianos, según Marcel Bénabou por motivos diferentes:

La diferencia es sobre todo teórica: el automatismo es exactamente lo opuesto de lo que busca el OULIPO. A veces surge un cierto malentendido porque con reglas muy estrictas, se puede llegar al mismo resultado que determinados ejercicios surrealistas. En ninguno de los dos casos preexiste la voluntad de significar, es cierto; de ahí, el carácter “surrealista” de algunos textos oulipianos (en el sentido corriente de la palabra “surrealista”). Pero las investigaciones oulipianas aventajan en mil cuerpos al surrealismo porque se ocupan de todos los aspectos de la creación literaria (…)

Los surrealistas idolatraban a Roussel, pero era por razones bastante equivocadas. Lo que seduce al OULIPO de Roussel es el rigor, el rigor con el que pasa de la arbitrariedad del punto de partida a la absoluta lógica del punto de llegada.

“Por qué no escribí ninguno de mis libros” es una respuesta a Raymond Roussel de Marcel Bénabou. Ahí van algunos fragmentos:

Como era previsible, busqué mis yacimientos principales por el lado de la literatura llamada personal. Pero el placer que experimentaba leyendo los diarios, las memorias o la correspondencia epistolar de los grandes escritores no solía durar demasiado. Al principio, me tranquilizó hallar, en todos aquellos que habían conseguido dejar una obra, rastros de dudas, de insatisfacciones, de momentos de auténtica desesperación, que me los hacían fraternales. Pero después este sentimiento se desvaneció. Si hasta ellos, me decía, han sufrido tanto, ¿qué te pasará a ti? Con mis grandes modelos sólo tenía, en suma, dos puntos en común: las dudas antes de la escritura, la incertidumbre después. Pero lo que había entre una cosa y la otra seguía fuera de mi alcance

De todos los hechos oscuros, o en cualquier caso mal aclarados, de mi pasado, el más sorprendente para mí todavía sigue siendo éste: ¿por qué creí un día que tenía que escribir? Una pregunta sencilla, obvia en apariencia, pero he necesitado mucho tiempo para sentir la necesidad de planteármela. Sólo tras una primera y larga serie de intentos abortados apareció la duda sobre la legitimidad de mi vocación, y se me ocurrió interrogarme sobre los orígenes de lo que, hasta entonces, había considerado una determinación independiente de mi voluntad. Pero, una vez surgida, esta interrogación ya no desapareció jamás; en determinadas épocas, lo esencial de mi quehacer consistió en darle respuesta.

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi inaptitud para la escritura me descubriría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han repetido que Sísifo se pasaba el día haciendo músculos!

Marta Sanuy

La imagen es de Vito Acconci

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